diumenge, 15 de novembre del 2009

El error del capitán McGuire

Eran ya cuatro los días que llevaban el capitán McGuire y su destacamento por las praderas de Ajingo. La colonización de Kenia iba viento en popa y la unidad de 25 soldados de infantería ligera avanzaba a ritmo constante hacia el poblado massai de Kamal, a apenas 70 kilómetros de su posición, donde, según los altos mandos, se encontraba recluída gran parte de la resistencia autóctona. McGuire llevaba apenas 2 semanas en Kenia pero no quería que pasaran 2 más. En Bristol le esperaban sus dos amores: Su mujer y la pequeña Mandy, recién nacida, un mes antes de que su madre saliese de cuentas. Acabar con la resistencia en Kamal supondría un duro golpe sobre la mesa y un posible regreso a casa antes de lo esperado.

El paso por las colinas se hacía pesado. La hierba alta cansaba más de lo habitual las piernas y el sube y baja de las valles no colaboraban tampoco. En el falso horizonte, que separa el punto más alto de la colina con el cielo, se empezó a vislumbrar una fina línea negra que asomaba coquetamente. El cielo estaba ligeramente nublado, tamizando la luz solar, aún así los rayos de luz obligaban a McGuire a cerrar ligeramente los ojos para observar que era eso. De repente, como si de la niebla en las montañas rocosas se tratara, una ola de negros armados con arcos inundó el valle. Bajaban veloces y dispersos, disparando salvas hacia el cielo, cubriéndolo casi por completo de proyectiles en movimiento. McGuire no había previsto una emboscada. Tenía la victoria tan al alcance de su mano que trató de cogerla un palmo antes. Los guerreros massai se aseguraron de que no quedara un solo soldado británico que recordara a los suyos tal error.


Crèdits de la fotografia:
Yasuyoshi Chiba
, Japó, Agència France-Presse.