Marcela Parra era una joven venezolana que había huido de su ciudad natal, Valencia, después de convivir durante más de quince años con Lorenzo Valera, el padre de sus tres hijos. Un hombre perturbado, con múltiples adicciones. Con los años, el carácter diabólico de Lorenzo, bañado de alcohol y drogas, había conseguido someter a su familia en el horror más profundo con sus continuas y injustificadas agresiones físicas y mentales. En 2007, Marcela decidió refugiarse en Caracas, huyendo del infierno, buscando de nuevo la felicidad y el olvido, junto a sus pequeños.Caracas, Venezuela. 08:50 de una mañana soleada de mayo.
Con el tiempo justo, Marcela llega con su furgoneta oscura a la humilde escuela donde estudian sus hijos y dónde ella también trabaja como cocinera, después de recoger a dos de los amiguitos de sus niños. Marcela, baja del vehiculo y observa, como de lejos, se acerca una figura desaliñada que le resulta familiar. Los niños, aun en el coche, esperan asustados. El rostro de la joven empieza a cambiar a medida que se acerca ese hombre. "¡Es él!", exclama. Entre sollozos y pasos atemorizados hacia atrás, Marcela le ruega que se vaya, que la deje en paz. Sin mediar palabra, Lorenzo saca una pistola de su bolsillo y sin contemplaciones, dispara contra la mujer.
Los pequeños miran desde las ventanillas de la furgoneta como el cuerpo ya sin vida de la joven se desvanece y cae rendida al suelo bañada en un charco de sangre que va creciendo por segundos. Por su parte, Lorenzo, se acerca apresuradamente hacia la furgoneta. Abre la puerta y arranca a sus hijos, entre gritos, del vehiculo. El hombre huye con los pequeños dejando atrás una escena desoladora.
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